Cada vez más gente la considera el destino ideal para disfrutar de la buena vida. De sus tres millones de turistas al año, el mayor número procede de Estados Unidos, el Reino Unido e Italia.

Olvídense de la Sagrada Familia. Olvídense de las Ramblas. Olvídense del Museo Picasso. Olvídense de la catedral. Olvídense, incluso, del Camp Nou. Éstas no pueden ser las razones por las que Barcelona se ha vuelto un destino tan extraordinariamente popular para los turistas extranjeros; el motivo de que, por ejemplo (y hay muchos ejemplos), la edición británica de la revista Condé Nast Traveller acabe de designar Barcelona como su ciudad preferida en el mundo, muy por delante de París, Venecia y Roma.

Porque, no nos engañemos, si de lo que hablamos es de gran arte o gran arquitectura, Barcelona entra en la primera división europea, pero nunca la va a ganar.

La primera vez que uno ve París, se queda estupefacto. La primera vez que uno ve Barcelona, dice ‘qué bonito’, ‘qué agradable’ o -al ver un edificio de Gaudí- ‘qué maravilloso y qué extraño’. Pero no se queda estupefacto. No se queda boquiabierto ni piensa: ‘¡Dios mío, éste es el sitio más bello y asombroso que he visto en mi vida!’.

Entonces, ¿cuál es el secreto? ¿Por qué no cesa la invasión de los turistas? Yo lo tengo bastante claro. He vivido en otras ocho ciudades y he visitado alrededor de 80, pero Barcelona, a la que me trasladé desde Washington en 1998, es el único lugar que conozco donde quisiera pasar el resto de mi vida. Pero mi opinión es tan exageradamente parcial -como un culé hablando del Barça- que, por el bien de la investigación científica, lo que he hecho es buscar barcelonadictos que no viven en Barcelona (una especie nada fuera de lo común, descubrí) y hacerles la pregunta a ellos.

Sus respuestas incluyeron, por supuesto, factores como el buen tiempo; las tarifas aéreas, que cada vez son más baratas; el tamaño justo que permite recorrer gran parte de la ciudad andando; la calidad de la comida, el mar, y el hecho (al parecer, fundamental para italianos y londinenses) de que, desde aquella fabulosa operación publicitaria también conocida como los Juegos Olímpicos de 1992, Barcelona ha logrado mantener su reputación internacional de ciudad elegante y moderna.

Pero fue cuando les planteé la pregunta ‘¿qué es lo que hace a Barcelona distinta de otros lugares que también tienen el mar, el sol y los calamares?’ cuando empezó a desenmarañarse el misterio del discreto encanto que ejerce la capital catalana sobre buena parte de la humanidad.

Lauren, una surafricana que vive en Londres y ha viajado por todo el mundo, no habla español ni catalán, pero dice que Barcelona, que ha visitado media docena de veces en los 10 últimos años, ‘es la única ciudad que conozco en la que nunca me da ni pizca de vergüenza parar a la gente en la calle para preguntarles alguna dirección’.

Un gran ambiente

Curiosa observación, pero, según Lauren, altamente reveladora. ‘Lo que quiero decir es que a una no la hacen sentirse distinta, como en todas las demás ciudades europeas que conozco. Una no se siente extranjera. Te dejan en paz. A la gente no le importa si soy inglesa o de cualquier otro sitio. Al contrario que en otros lugares, nunca me ha preguntado nadie de dónde soy. Más que nada, lo que hay es un gran ambiente. Siento instintivamente que sus habitantes tienen buenos valores; que son generosos, amables y respetuosos. Reciben bien a todo el mundo. Y así me parece que puedo integrarme, que nadie me presta una atención especial, y eso hace que sea muy fácil y cómodo ir de turista’.

Con la excepción de los que viven en Inglaterra, parece que los turistas que están más locos por Barcelona son los italianos. Por eso agregué a mi lista de entrevistados a mi amigo Daniel, el experto mundial en lo que opinan los italianos de la capital catalana. Daniel, argentino de sangre italiana, vive en Barcelona hace tiempo y tiene una afluencia constante de peregrinos que vienen a visitarle de Italia. Resulta, según Daniel, que para ellos el factor comodidad también es elemental. ‘Una razón importante por la que les gusta Barcelona a los italianos, aparte, claro está, de que la ciudad y el estilo de vida les recuerdan en muchos aspectos a los suyos’, explica Daniel, ‘es que no se sienten tan presionados como en sus propias ciudades’. Lo cual se debe, en parte, a la densidad de la población (España tiene casi dos veces y media más espacio por persona que Italia), pero también esta relacionado con esa actitud de ‘vive y deja vivir’ a la que aludía Lauren. ‘En Italia’, dice Daniel, ‘la gente está siempre juzgando a los demás, su aspecto, su forma de vestir, su forma de actuar. En Barcelona, sus habitantes son poco dados a las demostraciones, discretos -todo lo contrario de ostentosos-, y respetan esas mismas cualidades en los demás. Todo el mundo es aceptado por la sociedad, sin excluir los visitantes de fuera.

Barcelona para los italianos cumple el objetivo esencial de unas vacaciones: aquí pueden, realmente, descansar’.

Keith, un londinense, también insiste en el factor relax. ‘En Barcelona no hay ningún reto al que hacer frente, como en Nueva York, donde, incluso de turista, se tiene la sensación de que hay que estar constantemente deprisa, de que uno llega tarde a una cita. En Barcelona, el ritmo de la vida diaria está adaptado perfectamente para las personas. Es una ciudad construida en torno al reloj biológico, y no al contrario. Y uno tampoco se siente tan presionado como en París -una ciudad presumida y arrogante que te dice: ‘Mira, ¿a que soy fantástica? ¡Qué suerte tienes de que te deje estar aquí!’-. Barcelona da la impresión de estar más a gusto consigo misma y con el mundo. No presume. Tiene una actitud de ‘la tomas o la dejas’. De que le da igual cómo respondas a lo que te ofrece’.

RELAJANTE

Puede que Barcelona sea relajante, pero no, según mis entrevistados, soporífica. Stephen, que también es de Londres, dice que Barcelona tiene más vida que París, ‘un lugar que parece encerrado en el pasado, como un museo’. ‘Barcelona es la prueba de lo que una ciudad puede y debe ser, sobre todo para los londinenses, cuya ciudad da la impresión constante de estar a punto de implosionar. En Barcelona hay una sensación de regeneración permanente. No hay más que ver la zona de la Villa Olímpica. No existe nada parecido en Londres, donde lo mejor que sabemos hacer es inventarnos un nuevo distrito financiero. En Barcelona, uno siente que es una ciudad que busca beneficiar a las personas’.

Keith está de acuerdo. ‘En la mayoría de las demás ciudades europeas’, dice, ‘los centros históricos están en manos de la élite acomodada; es donde viven los superricos. O si no, se han transformado en parques temáticos totalmente asépticos. En Barcelona, el barrio gótico, por ejemplo, sigue teniendo un carácter de clase obrera, y eso, para mí, contribuye enormemente a su encanto. Hay una realidad descarnada que me parece muy atractiva. Es un barrio en el que la gente vive y hace sus compras. No cierra los fines de semana. Su vida y su espíritu no se han extinguido’.

Ciudad orgullosa

Y eso es lo que estimula a Keith, que ve Barcelona como una ciudad orgullosa de su historia, pero inquieta, ansiosa por avanzar. ‘El pasado, el presente y el futuro se combinan. Cuando se camina por la calle, se puede ver en la arquitectura, en el diseño antiguo y moderno, cientos de años de evolución que suelen mezclarse con gran minuciosidad y refinamiento. La Sagrada Familia es una imagen perfecta de ese sentido de la historia que transcurre ante nuestros propios ojos, de esa ciudad con un pasado y un apretado proyecto de futuro’. Advertí aquella energía a la que se refiere Keith la primera vez que vine como turista, en 1997. Pero lo que más me gusta, les digo a mis amigos extranjeros, es la sensación de que, de todos los lugares que conozco, Barcelona es el que ha encontrado el equilibrio ideal -o que más se aproxima al ideal- entre la necesidad de trabajar y ganar dinero y el reconocimiento de que la vida es corta y hay que disfrutarla. Keith, cuando le digo eso, se aferra a la palabra equilibrio. ‘Eso es. Exactamente. El ritmo de vida, la estética, la tolerancia, el sentido de los valores que se transmiten: han logrado el equilibrio adecuado. Creo que el gran triunfo de los barceloneses, y no sé siquiera si se dan cuenta de ello, es que han conseguido perfeccionar el arte de vivir. Cuando estoy en la ciudad, sí, claro, me encantan los espacios del Eixample, me fascina Gaudí, pero me siento feliz, más que nada, de poder compartir eso con ellos. De poder respirar el aire, aunque sea sólo por unos instantes, en un lugar donde a lo largo de la historia han llegado a una tan refinada definición de lo que deben ser las prioridades en la vida’.