A lo largo de la vida encontramos personas que desconocíamos con las que establecemos vínculos de pareja, de amistad o de otro tipo. Hay quienes piensan que estos encuentros obedecen a la casualidad o al destino, pero también hay quienes opinan que ninguna relación es casual y que todo vínculo importante tiene un sentido profundo que trasciende nuestra comprensión racional. En cualquier caso, lo cierto es que toda relación significativa tiene un efecto movilizador en nuestras vidas y proporciona un material inestimable para nuestra evolución personal.

Entre las diversas relaciones que establecemos libremente, el vínculo que suele tener un mayor impacto emocional en nuestra existencia es el de la relación de pareja. Independientemente de su duración y características, la relación de pareja suele ser un espacio que da lugar a sentimientos polarizados. En la fase inicial de enamoramiento experimentamos plenitud, euforia y cierto desazón cuando no estamos con la persona amada. Pero en las fases posteriores es frecuente que los momentos felices sean cada vez más espaciados y aparezcan diferencias, conflictos o celos que generen estados de sufrimiento e incomprensión.

Parece claro que las relaciones de pareja rompen nuestra tranquilidad y nos remueven emocionalmente, por lo que cabría preguntarnos qué nos lleva a comprometernos en este tipo de vínculo. Podemos argumentar que lo hacemos por tener compañía, para satisfacer nuestra sexualidad o porque queremos tener hijos, y todo ello puede ser cierto. Pero la realidad es que existe una misteriosa y poderosa fuerza emocional que nos impulsa a la unión, más allá de toda lógica.

Lo paradójico del caso es que el deseo de unión va muchas veces parejo con el miedo -muchas veces inconsciente- a la relación. El compromiso íntimo con otra persona puede generar ansiedades en nuestro interior y sentimientos contradictorios en donde se alternan el deseo y el amor por un lado, y el miedo a un potencial fracaso por el otro, entre otras posibilidades.

En la relación de pareja tendemos a pensar que nuestra felicidad depende en gran medida de cómo se comporte la otra persona con nosotros. Esto es de algún modo cierto, pero no debemos olvidar que todo ocurre dentro de cada uno de nosotros, y que el poder de atracción e influencia que tiene la persona amada sobre nosotros es solamente aquel que le otorgamos.

Tanto los momentos de éxtasis como los momentos de dolor los vivimos esencialmente en nuestro interior, y la forma en que experimentamos la presencia (o la ausencia) de la otra persona está totalmente condicionada por la particular vivencia que tenemos de ella. Así, las relaciones de pareja representan un espacio en donde proyectamos aquello que somos, y en donde podemos descubrirnos a través del reflejo que nos proporciona la otra persona con su actitud y energía.

Al comprender que todo está dentro de nosotros, tenemos la posibilidad de responsabilizarnos de nuestros estados emocionales -sean positivos o negativos- y de establecer vínculos basados en la sintonía energética y amorosa con la otra persona, y no tanto en sentimientos de carencia, necesidad o culpabilidad. Para ello es fundamental conocernos a nosotros mismos, pues de lo contrario nos veremos inmersos en discusiones sin fin en donde la frase que más se escuchará es aquella que empieza por “¡Es que tú…!”

Así, vemos que una de las claves principales para que una relación afectiva sea satisfactoria y duradera es que ambos miembros de la pareja estén comprometidos en un trabajo personal de autoconocimiento que atenúe -en la medida de lo posible- las proyecciones negativas inconscientes. En este sentido la astrología de orientación psicológica puede ser de gran ayuda, pues la carta astral ofrece una completa descripción del potencial innato con el que venimos al mundo y señala cómo experimentamos los diversos ámbitos de la vida, entre los que se encuentra el ámbito de la pareja.

Determinados sectores y planetas de la carta astral describen el tipo de pareja que tendemos a buscar, y las formas de relación que probablemente estableceremos a lo largo de la vida. En este sentido es especialmente relevante el sector del tema natal que representa la pareja (en términos astrológicos la Casa 7) que está precisamente en el punto opuesto al área que describe nuestra personalidad externa (signo Ascendente y Casa 1). El hecho de que el área que representa “el yo” esté enfrente del área que representa “el otro” nos muestra simbólicamente esa polaridad de oposición y complementariedad que constituye una relación. La pareja sería como la cara oculta del espejo, sin la cual no podríamos vernos reflejados.

Además de estudiar los sectores mencionados, los emplazamientos planetarios aportan información sobre las emociones, los afectos, la sexualidad o la comunicación. Ello hace posible analizar la dinámica habitual que tenemos en nuestras vivencias en pareja, y permite reflexionar sobre cómo podríamos enfocar constructivamente nuestras relaciones en el futuro.

Al asumir que la carta astral ofrece unas descripciones precisas de uno mismo y de la pareja complementaria para cada persona, es posible que nos surjan preguntas como: ¿a que obedece que yo nazca con un determinado potencial?, ¿cómo es que me atrae un determinado tipo de persona y no otro?, o ¿cual es mi grado de condicionamiento respecto a la pareja?

Es difícil contestar a estos interrogantes sin hacer referencia a la ley del karma. La palabra karma es un término sánscrito relacionado con la ley de causa y efecto, según la cual “cosechamos aquello que sembramos”. Aplicando esto a la astrología, vemos que el potencial que traemos al nacer -reflejado en la carta astral- sería el efecto de causas anteriores, es decir de aquellos pensamientos y acciones que generamos en vidas precedentes, tanto en positivo como en negativo. Así, puede decirse que toda la carta astral refleja nuestra herencia kármica y señala las experiencias que debemos afrontar en esta existencia para evolucionar personal y espiritualmente en la vida.

Pero volviendo al tema de la pareja, si aceptamos que nuestras relaciones no se dan “por casualidad”, es decir, si esos encuentros y vínculos no son fortuitos hemos de pensar que tienen algún sentido evolutivo para nuestras vidas. Algunos autores plantean que las relaciones que establecemos pueden ser de dos clases. Unas corresponderían a relaciones basadas en vínculos que se establecieron en vidas anteriores y que se continúan en la vida actual debido a que existía un fuerte apego o debido a situaciones inconclusas entre esas almas. Este tipo de relaciones formarían parte de lo que se denomina “grupo de almas” que presentan diversos tipos de combinaciones en donde se alternan los lazos de hijos, padres, parejas, hermanos, amantes, etc., a lo largo de sucesivas vidas. Mientras que otras relaciones se referirían a almas entre las que no ha habido un vínculo previo pero que están involucradas en un mismo tema de trabajo o proyecto evolutivo.

Sea como fuere, podemos comprobar cómo las relaciones íntimas movilizan esos rincones secretos en donde anidan tanto nuestros sentimientos más amorosos como nuestras pasiones más oscuras. Esta movilización -a veces incómoda- es de gran valor para nuestra evolución, pues sin la participación de la otra persona probablemente esos sentimientos y pasiones permanecerían ocultos en los recovecos de nuestro inconsciente y nunca podríamos reconocerlos y tratarlos adecuadamente.

Los desafíos que se plantean en un vínculo íntimo hacen que determinados momentos de la relación sean particularmente difíciles y lleven a una ruptura. Se trata de un final de etapa en donde los miembros de la pareja parecen no tener nada más que ofrecerse o compartir. En muchos casos poner punto final puede ser la mejor opción, sobre todo cuando la convivencia es insostenible o cuando la relación no da más de sí. Pero también hay casos en donde la separación revela situaciones inconclusas que volverán a presentarse en nuestra próxima relación o que quedarán pendientes para la próxima vida.

Evaluar cual es el verdadero conflicto de fondo en una relación no siempre es tarea fácil. Es por ello que la astrología puede servir de ayuda para valorar el sentido de un determinado vínculo, a fin de que las personas implicadas puedan decidir si están dispuestas a asumir el trabajo que se presenta. Igualmente, si las relaciones importantes de pareja que establecemos tienen su origen en vidas pasadas, será interesante que nos preguntemos cual debe ser el significado que tiene cada nuevo encuentro y qué oportunidades evolutivas nos proporciona. Aunque no sepamos responder racionalmente a esta pregunta, el solo hecho de hacérnosla puede dar un sentido a lo que estemos viviendo con la pareja. El enfoque kármico de las relaciones nos abre a una nueva forma de entender los vínculos que establecemos y nos proporciona una visión que trasciende nuestra temporalidad existencial.

José Royo