El ancla, del buque Mayflower, bajo hasta hundirse en el fango del suelo marino. En la superficie, las personas que tripulaban aquella nave bajaron sus pertenencias a los botes de remos que los llevarían hacia su nuevo destino, luego a fuerza de remo, fueron trasladados a tierra firme, el traslado de personas y bienes duró varios días; después de unos meses, el barco volvió a Inglaterra.

Había una diferencia entre estos peregrinos que llegaron a la Bahía de Plymouth en el ahora Estado de Massachusetts aquel noviembre de 1620 y los que casi tres décadas atrás se habían instalado en el territorio de Virginia al sur, creando una lucrativa explotación del tabaco.

Los pasajeros del Mayflower tenían una motivación que iba más allá de la simple búsqueda de tierras y riquezas, su forma de ejercer el protestantismo llevó a que en su Inglaterra natal les rechazaran y habían decidido trasladarse al norte de América para formar ahí una sociedad en la que pudieran ejercer su religión en forma libre.

Su líder era el ministro John Cotton, quien cuatro años antes expresó su idea de superioridad moral, con las siguientes palabras: “Ninguna nación tiene el derecho de expulsar a otra, si no es por un designio especial del cielo como el que tuvieron los israelitas, a menos que los nativos obraran injustamente con ella. En este caso tendrán derecho a librar, legalmente, una guerra con ellos y a someterlos”.

Así, estos colonos llegaban a América, con la idea de ser el pueblo elegido por Dios para llevar su voluntad a los nuevos territorios.

Dos siglos después cuando las 13 colonias que los inmigrantes ingleses formaron en América se independizaron, el pensamiento de haber sido un pueblo elegido no se extinguió. Por el contrario, cobró más fuerza, y cuando la reciente nación, que se autoproclamó Estados Unidos de América, fue atacada por la nación inglesa, más de tres décadas después de su independencia, luchó con denuedo y expulsó al invasor, lo que logró acentuar, en esa naciente nación, su idea de ser un pueblo elegido.

Veinte años después, ese país buscaba expandirse y dirigió la vista al sur e invadió a México, la idea de los colonos del Mayflower fue en buena parte el pretexto para esa guerra desigual e injusta más propia de un abusón que de un país civilizado y la justificación religiosa de ser el pueblo elegido tomo una denominación “Destino Manifiesto”, así lo expresó el periodista John L. O’Sullivan, en la revista Democratic Review, quien en aquel verano de 1845 escribía:

“El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino…”.

En septiembre de 1847, cuando la bandera de barras y estrellas se izó en el Castillo de Chapultepec, el periódico American Star, encontró justificación de ese abuso del poderoso contra el débil, a través de la idea del Destino Manifiesto. En su edición del 20 de ese mes, refería: “En esta visión sobre la paz justa y honorable están condensados muchos preceptos emanados de la predestinación y del Destino Manifiesto; la justeza de la guerra no se cuestiona sino que es autoevidente, pues descansa en los signos positivos que el cielo ha enviado a través de las victorias sobre el enemigo.”

Esta idea del destino manifiesto, propia del pueblo estadounidense blanco, anglosajón y protestante, se trasmite de generación en generación con diversos matices, pero siempre con un trasfondo de superioridad moral y racial, cuya única base es el fanatismo.

Fue este pensamiento que subyace en la idiosincrasia de decenas de millones de norteamericanos, el combustible que encendió de nueva cuenta a la sociedad estadounidense con el discurso incendiario de Donald Trump, primero como candidato, luego como presidente y al final como perdedor de elecciones en un proceso democrático cuya eficiencia ha sido probada miles de veces.

Así las investigaciones que se están realizando por el intento de frustrar ese proceso democrático, cuya más fuerte expresión se dio en la toma del Capitolio, podrán llevar al castigo ejemplar de personas, pero la idea del destino manifiesto seguirá en la cabeza de millones de estadounidenses, tal vez adormecida, pero no muerta, con la amenaza de un furioso despertar.